lunes, 23 de octubre de 2017

Tapeo en Albacete: La Zona

A pesar de ser una ciudad pequeña habíamos leído muy buenas críticas de la marcha de Albacete, de sus bares y de su cultura de la tapa. Esas crónicas hablaban de sofisticados pinchos, raciones clásicas y de un lugar: La Zona. Toda la parte comprendida entre las calles Concepción, Gaona y hasta Jesús de Nazareno por la calle Tejares. Como era la única capital de Castilla La Mancha que nos faltaba por probar, aunque fue en una viaje corto, decidimos parar a visitarla, a conocer Albacete de tapas.

Hay que decir que es una ciudad echada a la calle. Hay ambiente y hay gente por todas partes. En cierto sentido nos recordó a Murcia y su ambiente. Sus terrazas llenas invitaban a parar en muchas de ellas aunque les veíamos un fallo: las mesas de dichas terrazas solían estar casi siempre con manteles, sobretodo por la noche, eso, y las cartas que había, nos provocaba la sensación de que eran restaurantes en vez de bares, dándonos algo de cosa sentarnos allí por no perder demasiado tiempo.

Otra cosa a tener en cuenta es el tema de la tapa de cortesía, allí se estila bastante y además suele ser bastante decente y traerte un par de cosas por cada consumición. Lo malo era que no siempre la ponían y no llegamos a saber la causa. En cuanto a los precios hay de todo, desde bares que son autenticas clavadas con precios superiores a los de Madrid hasta otros más moderados. Como última curiosidad está el decir que en La Zona también hay bares de copas y algunos, incluso, son mixtos. Primero de tapas y cervezas, luego de copas.

Comenzamos nuestra ruta entrando por la calle Concepción, aquí mala suerte, nos fuimos hacía el lado equivocado y nos saltamos el Asador Concepción, uno de los recomendados y con muy buena pinta que no vimos hasta el momento de irnos. Subiendo por la calle ninguno nos convencía, nada más entrar hay un TGB y luego bares con buena pinta pero que no parecían de tapeo rápido.... buscando mesa acabamos en Valentina, nuestro primer contacto con la ciudad y una mala elección. Una vez dentro y con la carta en la mano nos dimos cuenta que la elección era incorrecta, pocas raciones, nada clásico y mucho bocadillo y tostas. Aún así íbamos con hambre y nos quedamos. El servicio no mejoró el tema. Pedimos una tosta de Rosbeef de ternera por ser la única que no tenía queso, pues la trajeron con queso. Pedimos una chapata de lomo con pisto y huevo y vino una baguette de lomo seco. Con 3 consumiciones (2 Cokes y 1 agua) la cuenta se fue a 18,80€. Ponían tapa de cortesía eso si, un poco de ensaladilla y dos pinchitos de salchichón.


Seguimos la ruta por Gaona y otra vez nos fuimos al revés y nos saltamos La Tapería pero como La Zona está plagada de locales seguimos hacía El Alambique... estaba tan petado que lo tuvimos que dejar para otro momento y sentarnos en Bellota y Olé donde nada más sentarnos nos sacaron un mantel y nos dieron una carta de restaurante. Una carta con Snacks de los más variado (desde ravioli líquido a calamares, pasando por embutidos, quesos o bombones de foie), carnes y pescados. Pedimos una croqueta líquida que estaba muy bien, pulpo crujiente con parmentier trufada y gel de criptonita (salsa de ¿cilantro?) y bastones de berenjenas a la miel que tenían un rebozado que le daban un buen toque. La cuenta 31,90€. Caro, dado que el pulpo era pequeño, el croquetón que no era tan grande costaba 6€ y para beber solo tomamos agua y dos vinos blancos Rueda Verdejo a 3 eurazos cada uno.



A partir de aquí la cosa mejoró. Pudimos sentarnos a tomar una en El Alambique y fue de los mejores bares que probamos por carta, por servicio y porque nos comimos un torrezno que estaba perfecto.

Cerca de allí vimos otro local con pinta de clásico, Casa Juan, y decidimos entrar para ver si tenían algún plato típico de la zona pero nada, en la carta ni atascaburras (un plato de bacalao con patata, aceite y huevo duro) ni ajo mataero (hígado de cerdo y aceite). Así que pedimos dos tapas de solomillo de cerdo al PX que pasó sin pena ni gloria y una ración de gambas gabardina. Con dos blancos de Castilla 13,70€

Para terminar la ruta nos metimos en Tejares, la calle más plagada de bares y donde hay de todos y para todos los gusto. Primero volvimos a adentrarnos en uno de corte clásico Entre cañas y vinos y, aquí si, una carta de productos típicos de Albacete. La mala suerte fue que el atascaburras y el ajo mataero solo los sirven en la temporada de frío y aún no lo tenían. Eso si, a cambio tomamos un pisto con huevo que estaba impresionante. Dos blancos y el pisto 12€. Buen precio y un servicio muy agradable en un local que merece la pena

Seguimos la calle hasta el final para ver el ambiente. Aquí hay de todo, desde un VIP a terrazas con música para tomar una copa con tapa y alguno que otro con pinta de low-cost; como en el que al final nos sentamos, el Ave Turuta. Donde tenían tapas de todo tipo y una carta de lo más barato. Nos pedimos una de kokotxas y una de codorniz escabechada con un vino y una agua por 7,5€. Además ponían, de tapa de cortesía, un plato de arroz bastante aceptable.


Con esto acabamos nuestra visita. Eso si, hicimos una pequeña parada antes en una pastelería de Concepción para tomar un Miguelito de La Roda en versión especial: con crema de Baileys, nata y chocolate y tras eso dejamos una ciudad que está bien para el tapeo, que quizá no tienen muchas opciones para tomar "una rápida" pero no le falta, en absoluto, nada de ambiente y vida.

domingo, 8 de octubre de 2017

Habitual Ricard Camarena

De unos años a esta parte existe una tendencia entre los grandes chefs: los segundos. Abrir un segundo restaurante, una marca low-cost donde, dicen, que ellos hacen más negocio y donde nosotros podemos probar su gastronomía sin dejarnos un riñón ni media vida en una lista de espera de meses. Uno de los primeros fue Paco Roncero y su Estado Puro, le siguieron Arola y su Vi-cool o Dabiz Muñoz y su famosísimo Street-Xo.

En esta ocasión visitamos Habitual, del valenciano Ricard Camarena. Este Chef es un verdadero especialista en segundas marcas. Empezó con Canalla Bistró y Central Bar, ambos en Valencia, para después abrir un Canalla en México, otro en Madrid y este Habitual, un local de comida "confortable" que para Ricard significa sabores mediterráneos reconocibles.

Situado en el Mercado de Colón, un lugar centenario que ha recuperado su esplendor tras una reciente reforma, es un buen sitio para poder probar la cocina del más famoso cocinero de Valencia. Su cocina más mediterránea es la que se descubre en la carta, con platos reconocibles e intensos, quizá demasiado. En nuestra elección todos los platos fueron bastante untuosos, con exceso de salsas y sabores.Con un servicio agradable pero muy muy joven, se empeñaron en ofrecernos platos infantiles (canelones infantiles o pollo frito) para los niños; cuando les convencimos de que los niños comerían lo mismo que los mayores hicimos nuestro pedido:

Bomba de Sepia: por pedir algo distinto elegimos esta bomba de patata rellena de sepia que resultó ser un plato recargado, con buen inicio pero que acaba cansando por la salsa que aderezaba la sepia. Pensábamos que sería un platazo pero no llegó a asombrarnos.

Clóchinas a la bullabesa: además de platos innovadores queríamos probar algunos clásicos como la ensaladilla o sus famosos clóchinas (para la gente de fuera de Valencia, la clóchina es un mejillón de batea, mucho más pequeño y sabroso). Tampoco nos gustó, el exceso de sabores no lo daba la bullabesa sino el añadirle parmesano que, además de no estar indicado en la carta, daba un toque graso al mejillón, además de matar el sabor.

Ensaladilla Ricard, quizá la mejor elección del día, por su frescura y sabor. De pimiento y patata rallada un acierto seguro.

Canelones caseros de pollo l'ast: algo tan sencillo y que nos parecía ideal para niños tampoco despertó nuestras mejores sensaciones. El fallo, el mismo que en toda la comida, el exceso. Mucha bechamel, muchos sabores, queso dentro del canelón.

Parpatana de atún, cebolla asada y jugo de tamarindo: un guiso de atún hecho con la parte de inferior de la boca lo que hace la pieza algo gelatinosa.

Aunque los platos estaban bien salimos de allí con una sensación indefinida ¿nos había gustado? ¿qué nos había parecido? no terminábamos de tenerlo claro. Es evidente que los restaurantes B no sirven para conocer toda la esencia de un cocinero y lo que descubrimos en Habitual fueron buenas preparaciones pero poca frescura.

Lo mejor llegó con el postre, un bizcocho XXL de chocolate con el que terminamos la comida de la mejor manera, aunque no se aprecia en la foto el tamaño era gigantesco. La comanda, con agua, dos Coca-Colas y una café fueron 90 euros
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